
Me siento en el suelo, en un rincón del cuarto, y me pongo a reflexionar. Se me vienen a la memoria los tiempos en los que me inicié en el BDSM como sumisa, hace ahora siete años, y me parece que es un tiempo de otra vida. Tengo la sensación de que siempre he sido esclava, que nunca he vivido otra vida. Desde entonces, he sido sumisa y esclava y he llegado al lugar más alto (o más bajo, según se mire) al que anhelaba llegar. He sido, soy una esclava total, durante las veinticuatro horas del día, todos los días del año. Una esclava sin más límites que los que reconoce el sentido común. Una esclava que se ha dedicado en cuerpo y alma a servir a su Amo, al que ha terminado convirtiendo en un ser superior o tal vez en una especie de dios, aunque, quizá, sea mejor decir, en mi Dueño, en la persona que ha dirigido mi vida sin dejarme el menor resquicio de libertad, de intimidad, de poder de decisión, el más mínimo derecho en el que ampararme. Me he sentido feliz siendo su perra, su puta, su sierva, su objeto. He intentado satisfacerlo siempre y siempre me he sentido satisfecha.
Hace algo más de dos meses mi Amo me manifestó que le habían diagnosticado una gravísima enfermedad y que no podía continuar con mi adiestramiento. Después de sopesar las posibles consecuencias, decidió cederme a una Ama en quien confiaba plenamente, para que continuara mi adiestramiento hasta que él se recuperase y pudiera volver a hacerse cargo de mí. Durante estos meses he servido a mi Ama sin olvidar a mi Amo. Empecé a escribir un diario en el que le contaba todas mis actividades, mi día a día. En respuesta él me contestaba, me contaba cosas o, a través del Ama, me daba algunas órdenes y me comunicaba algunas directrices.
Pero hace unos días he vuelto a recibir otra comunicación de mi Amo. Desde su ciudad de origen, donde se está tratando, me decía que el tratamiento no había dado el resultado previsto, que se encontraba mal e insinuaba que su enfermedad no tenía solución. Finalmente, añadía que se veía obligado a abandonar el BDSM para siempre porque ni física ni anímicamente, estaba capacitado para continuar.
Cualquiera puede imaginar como me sentí. No ya por la esclavitud, que eso no importa, sino por su salud, que es lo verdaderamente importante. Sé, aunque no me lo ha dicho, que le gustaría que siguiera con el Ama con la que convivo actualmente, que continuara mi esclavitud sirviéndola a ella. Pero mi angustia actual es no saber nada de él y no poder comunicarme con él; mi obligación, mostrar el mayor respeto a mi Señor y a su familia y quedarme en el lugar en el que merezco estar.