domingo, 12 de julio de 2026

El largo camino hacia la esclavitud - Parte 3

     Pasé una larga temporada sin mantener ninguna relación de Dominación/sumisión, aunque eso no quiere decir que abandonara el ambiente o que me olvidase de ese estilo de vida. Durante el tiempo en el que había mantenido algún tipo de relación, había hecho amistades y de vez en cuando, a lo mejor una vez al mes o cosa así, nos reuníamos en la casa de alguno para pasar una tarde hablando de esos temas, haciendo preguntas y recordando el pasado mientras  tomábamos una merienda o un aperitivo. Había gente a la que conocía y otra a la que no conocía de nada, pero nos integramos bien, pasamos buenos ratos y recordamos los momentos vividos en ese ambiente.

    Había ocasiones en que hacíamos subastas, de forma que alguna de las esclavas o esclavos que había allí, era subastado de tal manera que, por él o por ella pujaban los Amos y Amas. En que ganaba la puja en cada caso, tenía derecho a una sesión de dos horas con la esclava o el esclavo elegido, tempo durante el que podía practicar diferentes actividades en forma de azotes, bondage, humillación, etc., siendo el sexo lo único que estaba prohibido. Yo fui subastada una vez y caí en manos de un Amo al que apenas conocía de las reuniones y con el que tuve una típica sesión de dos horas.

    No recuerdo cuánto tiempo pasamos con aquellos encuentros, pero sí que fue bastante, hasta que una tarde, una de las Amas que participaban en esas reuniones, se acercó a mí y me preguntó si quería ser su esclava. Según su propuesta, mantendríamos una relación convencional de BDSM. Principalmente, lo haríamos a través de Internet, pero nos veríamos en su casa  una o dos veces por semana para practicar sesiones y conocernos mejor. También para ir avanzando en la relación. Le dije que lo pensaría y a los dos o tres días, le respondí que sí.

    Era una mujer de unos cincuenta años, delgada, alta, de trato agradable. Consensuamos un contrato e iniciamos nuestra relación.

    Por otro lado, seguí compartiendo piso con mi amiga y compañera de trabajo y también los gastos comunes (de la casa, comida, etc.) y seguimos trabajando como dependientas, lo que me permitía ir saliendo adelante, desde luego, con estrechez, pero adelante, al fin y al cabo. También seguí con mis estudios, en los que progresé bastante, aunque el esfuerzo, el trabajo y la actividad exagerada me produjo algún que otro contratiempo.

    Estuve con mi Ama algo más de un año, alternando los contactos online con los personales, hasta que un día me llamó por teléfono para decirme que se había puesto enferma, que iba a ir al médico y que ya me llamaría, pero a pesar de interesarme varias veces a lo largo de los días, no obtuve ninguna respuesta. Más tarde, cuando ya había pasado una o dos semanas, me encontré casualmente con una de las personas con las que nos habíamos estado reuniendo antes de iniciar nuestra relación, quien me informó que mi Ama había fallecido en el hospital hacía ya algunas semanas de una enfermedad maligna de rápida evolución.

    No sería capaz de contar con exactitud lo que sentí durante aquellos días, tras conocer la noticia: confusión, abatimiento, sorpresa, dolor, qué se yo, una serie de sentimiento que variaron, de forma temporal, mi comportamiento. Por lo demás, mi vida siguió su curso, aunque me mantuve alejada del BDSM y de la sumisión, no porque hubiera renunciado a ella, sino porque no había tenido oportunidad de proseguirla. Me volví a dedicar, en exclusiva, a mis dos actividades y a continuar mi vida en el piso compartido.

    Para finalizar este capítulo quiero contar algo que no he desvelado hasta ahora y que podría provocar algún tipo de confusión.. Ya he dicho en una entrega anterior que cuando mis padres se divorciaron, mi madre y yo nos tuvimos que poner a trabajar para salir adelante, que las dos lo hicimos como empleadas domésticas, limpiando en casas diferentes y que así me mantuve durante varios años hasta que encontré otro trabajo como dependienta, como ya he mencionado más arriba. Y también he contado que, a pesar de los problemas económicos, siempre me negué a abandonar mis estudios y a no llegar a hacer lo que un día había decidido hacer.

    Cuando ocurrió el divorcio de mis padres, yo estaba terminando la Secundaria. Hice el Bachillerato y entré en la Universidad. Las dos seguimos trabajando, ella en doble jornada y yo solo por las tardes, porque las mañanas las dedicaba a la Universidad. Lo que no sabía era la catástrofe que iba a llegar y el vuelco que iba a dar todo en mi vida.